Dani y Ru

Dani y Ru

lunes, 25 de abril de 2016

Mazzone y su Florencia

Me llamo Mario Mazzone y soy florentino. En vida, fui un bravo aviador del ejército italiano. Lamentablemente, fallecí joven, cuando apenas había pasado la veintena. La que me acompaña en la foto es mi hermana, María, que corrió la misma suerte que yo demasiado pronto. Mi madre mandó erigir este monumento encima de nuestras tumbas, en el cementerio de San Miniato.

No me compadezcáis. Al contrario, soy una de las personas (muertas) más afortunadas del mundo. Dispongo de una compañía envidiable, con gente de alta alcurnia, artistas, mecenas y políticos de diversas épocas históricas que convirtieron esta ciudad en una de las más importantes del mundo, especialmente en el Renacimiento. Además, las vistas desde aquí son fantásticas.

A mi izquierda veo el Palazzo Pitti y los jardines Boboli. ¡Qué buenos ratos pasé allí con mis amantes! Cuando nos pillaba el guardia de seguridad, corríamos a escondernos en la entrada secreta del corredor Vasariano y, si la puerta estaba abierta, atravesábamos el río Arno por encima del Ponte Vecchio hasta el otro lado de la ciudad.

No es que yo fuese un casanova experto en las artes del amor. Lo cierto es que era bastante normalito, pero el uniforme y el entorno ayudaban bastante. Mis lugares favoritos para ligar eran las iglesias. Sí, sí, las iglesias. Santa Maria Novella y la Santa Croce me hacían aparentar un hombre devoto de Dios, algo muy atrayente para las mujeres del siglo XIX. ¡Y qué decir del gran Duomo! Cuando venían las extranjeras, les tapaba los ojos con una venda, las colocaba en frente de la fachada principal de la catedral, les quitaba la venda y todas caían en el bote.

Muchas también me rechazaron, Sin embargo, siempre me he caracterizado por ser bastante insistente. Además, mi último recurso era infalible: la Piazza de la Signoria. Toda esa colección de esculturas de los más destacados artistas florentinos de la historia provocaban tal sensación de armonía y belleza que era imposible no caer en mis brazos.

No me compadezcáis. Yo, al menos, sigo disfrutando de Florencia todos los días de mi muerte.

Más información sobre Florencia:
Duomo de Florencia: http://www.duomofirenze.it/
Galleria degli Uffizi: http://www.uffizi.com/
Galleria dell’Accademia: http://www.accademia.org/
Corridoio Vasariano: http://www.uffizi.com/galleria-degli-uffizi/corridoio-vasariano.asp

jueves, 7 de abril de 2016

La ciudad olvidada de Angkor

A mediados del siglo XIX, un joven naturalista francés llamado Henri Mouhot se sumergía ensimismado en los libros a los que tenía acceso con el objetivo de ampliar sus conocimientos sobre fauna y flora. Más por fortuna que por interés, accedió a las memorias del misionero franciscano español Marcelo de Ribadeneyra, que se aventuró a finales del siglo XVI en el sudeste asiático con el objetivo de cristianizar la zona.

Pasó una noche sin dormir hasta que finalizó su relato, con el que quedó maravillado. En él, hablaba de una ciudad en ruinas colosal, rodeada de fosos y puentes flanqueados por guerreros de piedra. Agotado por la noche en vela, cayó rendido en su camastro. Soñó que emprendía una expedición hacia aquellas tierras extrañas, tan poco conocidas por la Europa decimonónica. Poblados de tribus poco desarrolladas le recibían con vítores y su país le otorgaba el mayor mérito posible. Despertó y, al momento, supo que aquello no podía quedar en el olvido.


Durante las siguientes semanas, amplió su bibliografía con el célebre El reino y las gentes de Siam, de John Bowring. Sin demora, buscó financiación bajo el pretexto de encontrar nuevas especies que catalogar. Gracias a la infame moda de la colonización, no tardó demasiado tiempo. Ya estaba listo para iniciar su aventura.

En 1858 partió rumbo a las costas de la actual Tailandia. Poco a poco, fue descubriendo que la población de la zona no estaba tan poco desarrollada como pensaba. Se adentró en la selva siamesa hasta un lago natural, el Tonlé Sap, donde Ribadeneyra y otros habían descrito este templo sagrado.


El acceso no fue fácil. Monos, cocodrilos y una espesa selva frenaban el avance. Afortunadamente, las indicaciones del franciscano y la ayuda de los lugareños fueron suficientes para contemplar la vista de Angkor Wat al amanecer. El viaje había merecido la pena.


Mouhot murió un año después en Luang Prabang, la capital de Laos. Sus cuadernos retornaron a Francia, donde fueron publicados. Gracias a estos escritos, muchos exploradores se interesaron por Camboya y sus tesoros, transformando estas espléndidas ruinas en uno de los enclaves más valorados de Asia.