A mediados del siglo XIX, un joven naturalista francés
llamado Henri Mouhot se sumergía
ensimismado en los libros a los que tenía acceso con el objetivo de ampliar sus
conocimientos sobre fauna y flora. Más por fortuna que por interés, accedió a
las memorias del misionero franciscano español Marcelo de Ribadeneyra, que se aventuró a finales del siglo XVI en
el sudeste asiático con el objetivo de cristianizar la zona.
Pasó una noche sin dormir hasta que finalizó su relato, con
el que quedó maravillado. En él, hablaba de una ciudad en ruinas colosal, rodeada
de fosos y puentes flanqueados por guerreros de piedra. Agotado por la noche en
vela, cayó rendido en su camastro. Soñó que emprendía una expedición hacia
aquellas tierras extrañas, tan poco conocidas por la Europa decimonónica. Poblados
de tribus poco desarrolladas le recibían con vítores y su país le otorgaba el
mayor mérito posible. Despertó y, al momento, supo que aquello no podía quedar
en el olvido.
Durante las siguientes semanas, amplió su bibliografía con
el célebre El reino y las gentes de Siam,
de John Bowring. Sin demora, buscó
financiación bajo el pretexto de encontrar nuevas especies que catalogar. Gracias
a la infame moda de la colonización, no tardó demasiado tiempo. Ya estaba listo
para iniciar su aventura.
En 1858 partió rumbo a las costas de la actual Tailandia. Poco a poco, fue
descubriendo que la población de la zona no estaba tan poco desarrollada como
pensaba. Se adentró en la selva siamesa hasta un lago natural, el Tonlé Sap, donde Ribadeneyra y otros
habían descrito este templo sagrado.
El acceso no fue fácil. Monos, cocodrilos y una espesa selva
frenaban el avance. Afortunadamente, las indicaciones del franciscano y la
ayuda de los lugareños fueron suficientes para contemplar la vista de Angkor Wat al amanecer. El viaje había
merecido la pena.
Mouhot murió un año después en Luang Prabang, la capital de
Laos. Sus cuadernos retornaron a Francia, donde fueron publicados. Gracias a
estos escritos, muchos exploradores se interesaron por Camboya y sus tesoros, transformando estas espléndidas ruinas en
uno de los enclaves más valorados de Asia.


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