Dani y Ru

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jueves, 7 de abril de 2016

La ciudad olvidada de Angkor

A mediados del siglo XIX, un joven naturalista francés llamado Henri Mouhot se sumergía ensimismado en los libros a los que tenía acceso con el objetivo de ampliar sus conocimientos sobre fauna y flora. Más por fortuna que por interés, accedió a las memorias del misionero franciscano español Marcelo de Ribadeneyra, que se aventuró a finales del siglo XVI en el sudeste asiático con el objetivo de cristianizar la zona.

Pasó una noche sin dormir hasta que finalizó su relato, con el que quedó maravillado. En él, hablaba de una ciudad en ruinas colosal, rodeada de fosos y puentes flanqueados por guerreros de piedra. Agotado por la noche en vela, cayó rendido en su camastro. Soñó que emprendía una expedición hacia aquellas tierras extrañas, tan poco conocidas por la Europa decimonónica. Poblados de tribus poco desarrolladas le recibían con vítores y su país le otorgaba el mayor mérito posible. Despertó y, al momento, supo que aquello no podía quedar en el olvido.


Durante las siguientes semanas, amplió su bibliografía con el célebre El reino y las gentes de Siam, de John Bowring. Sin demora, buscó financiación bajo el pretexto de encontrar nuevas especies que catalogar. Gracias a la infame moda de la colonización, no tardó demasiado tiempo. Ya estaba listo para iniciar su aventura.

En 1858 partió rumbo a las costas de la actual Tailandia. Poco a poco, fue descubriendo que la población de la zona no estaba tan poco desarrollada como pensaba. Se adentró en la selva siamesa hasta un lago natural, el Tonlé Sap, donde Ribadeneyra y otros habían descrito este templo sagrado.


El acceso no fue fácil. Monos, cocodrilos y una espesa selva frenaban el avance. Afortunadamente, las indicaciones del franciscano y la ayuda de los lugareños fueron suficientes para contemplar la vista de Angkor Wat al amanecer. El viaje había merecido la pena.


Mouhot murió un año después en Luang Prabang, la capital de Laos. Sus cuadernos retornaron a Francia, donde fueron publicados. Gracias a estos escritos, muchos exploradores se interesaron por Camboya y sus tesoros, transformando estas espléndidas ruinas en uno de los enclaves más valorados de Asia.

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