Recogemos nuestros bártulos y rehacemos la maleta para
pegarnos el madrugón del siglo y tomar el tren a Pisa para coger el avión a
Madrid. Siempre cuesta finalizar un viaje, pero más duro es cuando es uno
especial: no solo por la ciudad, sino también por la compañía. Espero que les
haya picado el gusanillo a mis padres y decidan repetir experiencia conmigo.



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