Como ayer nos pareció poco 14 horas de avión, hoy hemos decidido meternos entre pecho y espalda otras 5 más. Creo que las piernas no las siento ya. ¿Cuál es nuestro destino? La isla de Pascua, en pleno océano Pacífico. Y preguntarás: ¿Qué se nos ha perdido allí? Te lo voy a explicar.
En primer lugar, siempre nos ha gustado explorar los lugares más extremos del planeta. Cuando fuimos a Nueva Zelanda, nos recorrimos las dos islas, desde Auckland hasta Milford Sound. Cuando fuimos a Indonesia, desde Borneo hasta la isla de las Flores. Quedarnos en Bali nos sabía a poco. ¿Cómo no íbamos ahora a ir al lugar más remoto de Chile? Es lo que tiene tener alma de explorador en pleno siglo XXI.
En segundo lugar, la isla por sí misma tiene un atractivo cultural, natural e histórico que descubriremos en los próximos días.
Para conocer el tercer y último motivo (y quizá el más importante) hay que remontarse 13 años. Allá por 2010, los jóvenes Dani y Rubén se estaban conociendo y explorando sus aficiones, deseos y proyectos de vida. Recuerdo perfectamente como Dani me hablaba de lo mucho que le gustaría colaborar con Médicos sin fronteras, viajar por al menos 100 países y convertirse en un gran médico. Pero había un deseo de la infancia que hacía que los ojos le brillaran de manera especial: conocer Rapa Nui y visitar sus famosos moáis.
Hoy, mientras volamos a Hanga Roa, intento olvidarme de mis piernas, aparto la vista de la ventanilla y observo a Dani mientras lee un libro. Vuelve a tener ese brillo en la mirada, ese brillo del que me enamoré.

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