Paseas por la calle y al fondo aparece una cara familiar. Al
principio, cuesta ubicarla. ¿De qué me suena a mí este tío? Hasta que se acerca
un poco más y al final caes. Un amigo de la infancia al que hace lustros que no
ves. Una persona que te trae recuerdos agradables y una sensación de calidez y
familiaridad. Hace siglos que no cruzáis una palabra, pero cuando os saludáis
parece que el tiempo no ha pasado. Esa es Lisboa.
De repente apareces en pleno Barrio Alto, con ese dichoso
empedrado que le habrá costado el tobillo a más de uno, fachadas coloridas y
decadentes, tranvías amarillos que atraviesan calles imposibles, miradores
espectaculares y vendedores de droga, el Chiado y la Alfama , Belem y el río.
Sobre todo el río. Ese estuario interminable que pide a gritos salir a alta
mar.
Virtudes y defectos, como los de tu amigo de la infancia,
pero señas de identidad tan bien definidas que, por muchos años que hayan
pasado, siempre eres capaz de reconocer en Lisboa y que te hace sentir como en
casa.

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