A veces escucho a la gente utilizar el término viajar como
algo idílico y perfecto, casi infalible, para descansar o pasar un buen rato. En
otras ocasiones, el viaje es utilizado como una demostración de tener cierto
status. Parece que cuanto más lejos viajas, mejor posicionado estás en la
escala social. Pues mi experiencia me dice que no es cierto ni una cosa, ni la
otra.
Desde luego, cada uno viaja (o hace turismo) como mejor le
parezca. No todos tenemos la fortaleza para estar un año viajando por la India , ni tampoco el aguante
para estar torrándonos en una playa del Caribe durante dos semanas alimentándonos
a base de mojitos. Al final, cada uno tiene que ser coherente consigo mismo y
preguntarse ¿qué es lo que
verdaderamente me gusta?, ¿cómo quiero invertir mi tiempo en las vacaciones?
La mayoría de nosotros nos hemos encontrado a viajeros
enfadados porque lo que han encontrado al llegar al país de destino no se
ajustaba a lo esperado. Quejarse de que hace mucho calor en Bangkok y que “así
no se puede salir del hotel” o, peor aún, gritar a los cuatro vientos que “yo
estoy en mis vacaciones y quiero emborracharme, así que véndeme alcohol”,
cuando estás en pleno Ramadán en Jordania (todos casos reales) no es de recibo.
El error no es del país, ni de las condiciones del complejo de vacaciones de
turno, sino del turista que no ha elegido un destino adecuado a sus deseos.

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